Voy a comprar
tabaco para fumar…*
Por: Hugo Benny
Elguera Mansilla
Era la expresión que hacía el maestro cada vez que salía
a las veredas de un costado de la puerta de la universidad.
Fue en el segundo semestre que cursaba cuando me inscribí
a un curso y conocí al maestro, un hombre alto, piel trigueña, cabellos largos
y canosos peinados hacia atrás, una nariz aguileña algo prolongada, con unos 68
años de edad, siempre bien elegante. Tenía una mirada seria, una voz baja y
algo apagada y algo pausada, siempre llevaba un cuaderno con sus notas, de las
que dictaba los temas de la materia.
En las sesiones de clases iniciaba como siempre con su
saludo y luego hacía un comentario para llamar la atención, una vez que tenía
la atención de los estudiantes iniciaba con el tema del día. Su forma de
explicar cada tema era a mi parecer muy aburrida, en muchas ocasiones no
asistía, en lugar de ello me iba a la biblioteca para tratar de hacerme amigo
del bibliotecario, de esta manera pasar a la estantería y sacar los libros que
necesitara, llevármelos por una semana o más tiempo.
Al transcurrir el semestre escuché comentarios sobre el
maestro, que era conocido a nivel mundial o que había demostrado algo
importante y que tenía una propuesta teórica, es más, escuché por la radio que
lo condecorarían con el galardón más alto otorgado por el Estado en reconocimiento
al trabajo intelectual, cuyo nombre era la de un inca mestizo y escritor.
Interesado por el tema, fui a averiguar y conversar con algunos compañeros que
adelantaban los semestres, algunos me decían que efectivamente había
desarrollado un trabajo que había cambiado la percepción de muchos
investigadores, pero que, no sabían explicarme que era exactamente, hasta que
hablé con otro profesor que había sido su alumno, él fue quien me explicó de
manera sencilla y agradable el trabajo de investigación realizado por el
maestro, la repercusión que dio en el mundo, a partir de allí, hubieron muchos
otros investigadores extranjeros que se interesaron en el tema, sobre todo estadounidenses
y japoneses.
De este modo, empecé a tomarle más interés a la
investigación del maestro, pero, al tratar de imbuirme en el tema, más no
quería saber ello. Tal sería mi ignorancia que no podía entenderlo. ¿O sería mi
presencia prematura en la carrera? Como consecuencia de ello comencé a asistir
a sus clases y a la del profesor que me habló del tema del maestro. Además, inicié
con las lecturas que nos daba, lecturas de un nivel a la que podíamos alcanzar
a comprender; al menos para mí.
Después de un par de semestres inicié con la lectura de
sus textos publicados, con una base teórica más o menos lograda; por así
decirlo; empecé a entender lo que había desarrollado el maestro. En consecuencia,
traté de acercarme a él, pero sin ningún éxito. Supongo porque no tendría la
confianza necesaria para entablar una conversación o para hacerle una pregunta
que el considere relevante, porque según yo, le veía muy hermético y reservado,
e inclusive que tenía su gente seleccionada o favoritos.
En el proceso de mi formación universitaria fui
adentrándome en el sentido mismo de la carrera, donde empecé a tener mucha más
confianza en mí mismo, habiendo establecido más confianza con el maestro, pero
a pesar de eso, lo percibía distante.
Cuando cursaba mi quinto semestre, organizaron un
congreso a nivel nacional sobre la carrera, las dos universidades más
prestigiosas de la capital y del país; en su cuarta versión; donde tratarían
diversas mesas de diálogo, conferencias magistrales, los balances de los temas
y avances en la investigación, y en la que en la última fecha del evento se
realizaría un homenaje a tres profesionales que habían aportado mucho a la
investigación del área, el primero, fue una dama, nacida en uno de los departamentos
más conocidos de la Nación, que lleva el sobrenombre de ciudad blanca; el
segundo, fue un caballero muy conocido en nuestro mundo académico, quien había
fallecido un mes antes; y el tercero, era el maestro, quien estaba siendo
reconocido por su trayectoria académica y aportes a la investigación del área.
Decidí ir a ese congreso por muchas razones, por lo
tanto, programé mi viaje y estadía en la capital, en la casa de un compañero de
clase que vivía en la zona chalaca. La experiencia fue única para mí, en la que
me desplazaba en una ciudad a la que poco conocía, por las nuevas zonas a las
que fui, y sobre todo fue el congreso mi mejor experiencia, donde aprendí a
identificar los temas que me atraían y conocí a toda la elite nacional de la
especialidad, y lo más fenomenal fueron los homenajes, porque cuando le tocó el
turno al maestro, pasaron un video muy bonito sobre su vida y obra, con lo que
quedé maravillado, y eso no fue suficiente, debido a que, la presentación la
hizo uno de sus amigos, quien relató de manera extensa su biografía.
Finalmente, le tocó dar las palabras de agradecimiento por el reconocimiento
dado, tal y como lo caracteriza, inició con un comentario para poder tener la
atención del público, notándolo algo nervioso por la emoción, dijo “a los de la
costa les da el soroche de altura, pero a mí, me da el soroche de bajura. Por
eso estoy algo mareado”, prosiguió con su discurso agradeciendo a todos los que
lo rodearon y acompañaron en su formación, a su esposa, hijos y hermanos, sus
amigos, sus colegas asistentes; quienes todos fueron sus alumnos; y a sus
estudiantes. Cuando dio sus palabras finales, todos los estudiantes que
estuvimos presentes, dispersos en el teatro de la universidad, nos pusimos de
pie y al ver que lo aplaudíamos con mucha alegría, toda la audiencia se puso de
pie y aplaudieron hasta al cansancio.
Una vez clausurado el congreso todos salimos a la parte
externa del teatro a reencontrarnos y abrazarlo al maestro, uno tras otro
docente, compañera y compañero en una fila interminable, donde en un momento el
maestro exclamó ¡quien no vino! ¡quien no vino!, todos nos reímos y bailamos a
son de los “sicuris”. Fue en ese congreso donde lo conocí y aprendí más de él,
donde encontré mi elemento.
A partir de ello iba con más confianza donde el maestro,
hasta que un día le mostré unas fotografías de un inmenso pago a la tierra
realizado en San Sebastián, al terminar de ver las fotografías me dijo
“presentarás una ponencia de este tema en el evento que tiene más de treinta
años ininterrumpidos en nuestro medio”, fue así, cuando me dio la estocada
final para establecer la confianza y entrar en su círculo y a partir de allí
crecieron mis alas.
Un par de semestres más, formé un grupo de lectura
integrado por cuatro compañeros, incluido yo; dos chicos y dos chicas; en la
que el maestro nos dio una lista con una serie de títulos de libros para
iniciar las reuniones, donde el compromiso era la de leer un libro por semana y
si el libro era voluminoso debía ser dos semanas, el habernos aventurado en
este espacio académico nos nutrió la mente y al parecer el alma, porque le
teníamos mucho más cariño a lo que hacíamos, este pequeño espacio, duró un par
de años y medio, se acabó porque todos habíamos culminado nuestros estudios y
debíamos prepararnos para realizar nuestros trabajos de investigación y
graduarnos.
En cada una de estas etapas no solo aprendí del maestro
lo académico, si no, el hacer lo correcto, la humildad, el esmero, la
puntualidad, y el amor propio; sus bromas, las lisonjas, sus chistes. Tenía un
humor único, en una ocasión cuando a los compañeros del grupo de lectura nos
invitó unos helados y dijo con una voz sonriente, “ahora sí me pueden decir que
estoy chupando con mis alumnos”, haciendo creer que el maestro estaba bebiendo
alcohol con sus estudiantes. En otra ocasión nos preguntaba, “ahora que están
leyendo”, ¿Qué le regalarían a uno de vuestros profesores por quien no sienten
simpatía o les desagrada? una de las compañeras rápidamente le respondió, “un
libro de conceptos básicos de la carrera”, el respondía riendo, “están
peligrosos, mejor ya no les digo más”.
Una vez nos contó un chiste en clase, donde parecía algo
raro que no haya tratado mucho los temas del curso, casi al finalizar nos
relata de la siguiente manera: “había una vez un Duque que tenía la más hermosa
mujer de todo el reino, quien era codiciado más por su conyugue que por la
riqueza que poseía, pero este Duque le era infiel a su mujer y de manera
descarada. Esta al no aguantar más sus infidelidades fue donde el Obispo a
desfogar su molestia y que le llamara la atención al marido. Habiendo escuchado
los lamentos de la mujer, este, citó al Duque hacia el monasterio para
reprenderlo, en dicha reprenda resaltó su infidelidad hacia su mujer,
increpándole que él no debía hacer eso, porque tiene la mujer más bella y
codiciada del reino. Este escuchó atentamente todo lo dicho por el Obispo,
agradeciéndole por el sermón, le invitó a pasar una semana en su palacio, a lo
que este aceptó gustoso. El primer día a la hora de cenar el Duque lo
sorprendió con un guiso de faisán, uno de los platos más costosos y deliciosos
del lugar, el Obispo maravillado agradeciendo inició la comilona hasta chuparse
los dedos. A la noche siguiente también le ofreció otro guiso de faisán, siendo
sorprendido por segunda vez, una vez más agradecido inició el festín. Y así
todas las noches le hizo preparar y servir faisán, con lo que el huésped
empezaba a hartarse. En la última noche, el Obispo algo incómodo e inquieto se
dirige al Duque y le cuenta su molestia, diciéndole, mi estimado Duque, sin
ánimo de molestarlo y sin ser desagradecido por todas las atenciones prestadas,
y que el faisán es un plato sin igual, ¿no cree usted que comerlo todas las
noches es aburrido? Y el Duque sarcásticamente le responde ¿Y qué cree que pasa
con mi mujer?”.
Otro aspecto muy curioso del maestro, era que, todos los
días en su horario libre, más o menos entre las 10:00 y 11:30 de la mañana
salía a la puerta principal de la universidad, se dirigía a las veredas
ubicadas al costado izquierdo, siempre diciendo o a veces murmurando ¡voy a
comprar tabaco para fumar! o en otras circunstancias sólo decía ¡voy a comprar cigarro!
Entonces, se acercaba a un puesto donde vendían periódicos, por lo general
compraba dos diarios de la capital, uno de la ciudad blanca, y dos de los más
conocidos del medio. Regresaba a su gabinete con una sonrisa burlona y diciendo
“voy a humear un rato”.
El maestro nos dejó en las aulas muchas cosas de él, que
sólo aquellos que le pusieron atención o que le supieron apreciar y conocer
pudieron rescatar y conservar su amplia sabiduría, como pequeñas chispas que
ahora son llamas ardientes en los corazones de muchos de sus alumnos que lo
recordamos con mucho cariño y añoranza por esos buenos tiempos en las aulas
universitarias. ¡Gracias Maestro!
Cusco, 16 de agosto del 2019.
* Un pequeño homenaje para el gran maestro Jorge Aníbal
Flores Ochoa, quien dejó una huella profunda en muchos de sus estudiantes,
quienes aprendimos a apreciar la antropología desde una visión andina.