jueves, 31 de octubre de 2019


El joven enamorado y la cabeza voladora

Por: HUGO BENNY ELGUERA MANSILLA

Había una vez un joven llamado José que vivía en una región ubicada en las fronteras de la sierra y la ceja de selva, pertenecía a una familia de clase media, con 24 años de edad, era buen mozo y trabajador, esto les enorgullecía a sus padres que eran ancianos, pero también se sentían tristes al verlo solo sin una compañera que lo apoyara.

Un día los ancianos padres le habían dicho a José que fuera a vivir al pueblo para que pudiera conocer a una joven con la que pudiera comprometerse y tener una familia. Este no quería dejar a sus padres solos, y a regañadientes aceptó, tomó sus cosas y su dinero ahorrado y se fue rumbo al pueblo.

Instalado en un cuarto se propuso buscar trabajo, durante la semana encontró un puesto de ayudante en una de las tiendas más grandes del pueblo, allí conoció a mucha gente y era muy querido por los dueños, ya que era muy amable y honrado, también por ello era apreciado por los clientes.

Pasado un mes, entró en la tienda una joven con una apariencia muy humilde, llevaba un vestido gris algo usado, un sombrero junto a un velo que le cubría el rostro. Por azares del destino, ese día el sombrero junto al velo quedaron enganchados en un garfio que colgaba del tumbadillo, descubriéndola y dejando ver su rostro. A lo que el muchacho quedó cautivado por la belleza de la joven, tenía unos ojos negros, nariz pequeña, rostro ligeramente alargado, cabellos largos y negros, su piel tersa y trigueña. La joven rápidamente trató de recuperar su sombrero y velo; pero ya era tarde, José logró verla, porque al tratar de recuperarlos con prisa los desgarró quedando rotas para no usarlas. Entonces, rompió en llanto a lo que José presto y caballeroso la consoló, y sin dudas le ofreció como obsequio un sombrero y velo nuevos. Ella se sonrojó y con dudas aceptó, en breve la joven se los puso. Comprando todo lo que necesitó rápidamente se fue sin dar explicaciones y sin darle tiempo de preguntar por su nombre.

José quedó impresionado por la belleza de la joven y a primera vista se enamoró, inquieto por verla otra vez estuvo indagando con algunos clientes que se hicieron amigos suyos y otra gente del pueblo que pudieran darle pistas de su paradero. Muchos decían que ella siempre llegaba al pueblo vestida así, nadie le podía ver el rostro y que vivía con su abuela en la parte muy alejada del pueblo en una montaña del valle menos concurrido por la gente, además que tenían fama de ser extrañas y que practicaban brujería, le comentaron cosas extrañas sobre las dos mujeres y uno de ellos fue que de los brujos sus cabezas vuelan por las noches, cuando te ven se pegan en el cuello o el hombro, le advirtieron que se olvidara del asunto. Pero el joven enamorado no creía nada de lo que le decían, sin más que decir, pasando dos semanas de lo sucedido pidió permiso de los dueños de la tienda, cogiendo una alforja con provisiones y algunos regalos partió rumbo al lugar indicado.

Tras varios días de camino y búsqueda divisó una cabaña muy tétrica, con troncos rollizos roídos por el paso del tiempo y las termitas, con un techo de paja por la que entraban goteras, temerario se acercó, en ese momento divisó a la bella joven, quien estaba con un delantal muy sucio y un recipiente que contenía granos para las aves de corral. Los ladridos de un chucho la alertaron que alguien se acercaba, al mirar al frente reconoció a José que se acercaba rápidamente, a lo que ella le dijo: ¡qué haces aquí!, ¡tú no puedes estar aquí!, ¡regresa por donde viniste!

Sin hacer caso de las palabras de rechazo, se acercó directamente a ella y la abrazó, diciéndole –Nunca pensé volverte a ver, estuviste en mis pensamientos todos estos días, quiero estar contigo, estoy enamorado de ti–, la joven sorprendida y conmovida por las palabras de José y las atenciones brindadas en la tienda, del mismo modo respondió –Yo también no pude sacarte de mis pensamientos todos estos días y estoy feliz de que estés aquí–, lo invitó a pasar ofreciéndole una taza de agua. José terminando de aplacar su sed, le preguntó su nombre y ella respondió –Maruja–. Juntos estuvieron platicando hasta que retornara su abuela. Para el ocaso la anciana llegó a la cabaña, sorprendida y algo incómoda miró al joven increpándole su llegada al lugar, Maruja le rogó a la abuela que aceptara a José, ésta a regañadientes consintió que se quedara sólo esa noche. La abuela le ofreció una bebida caliente en la que contenía un brebaje para un sueño profundo.

Al amanecer José se despertó, las dos mujeres le estaban esperando para desayunar, después del desayuno la abuela le dijo que debía irse y que si estaba dispuesta a vivir con su nieta debería volver una vez por semana, excepto las noches de luna. Y así fue que el muchacho cumplió lo que le pidió la abuela durante tres meses. En ese tiempo la abuela enfermó y falleció dejando sola a Maruja. Después del sepelio de la abuela José le propuso a Maruja que se fuera a vivir al pueblo con él y luego se irían a la casa de sus padres, a lo que Maruja rechazó enérgicamente –No puedo ir todavía, mi abuela aún está en mi casa–. Le dijo que no estaba preparada para irse de su hogar y también recalcó que –si me vas a visitar no lo hagas en las noches de luna–.

Esto sonó raro para José, pero cumplió con lo recomendado por Maruja por un par de semanas. No aguantó los celos porque se preguntaba cada noche –¿Por qué no quiere que la visite en noches de luna?, ¿Tendrá un amante? –. Su desconfianza lo llevó a romper el acuerdo, asegurando que su prometida tenía un amante, partió una tarde hacia la cabaña para llegar en la noche de luna. Ya en el lugar, escuchó ronquidos horrorosos y dijo para sí –Ya la encontré, mis sospechas eran verdad, ese ronquido debe ser de su amante–, en su cólera cogiendo un cuchillo entró en la cabaña acercando sigilosamente hacia la cama, donde cada vez el ronquido se hacía más fuerte, llegando a la cabecera encendió una linterna para cogerlos infraganti a los dos amantes, se dio con la sorpresa que solo estaba el cuerpo de la muchacha bien envuelta en sus frazadas, pero no pudo divisar su cabeza, alumbrando directamente al cuello se horrorizó de ver el cuerpo decapitado de su prometida, pero aún con vida y respirando, confirmando todo lo dicho por la gente del pueblo.

En su cólera, recordó que alguien dijo que si ven un cuerpo sin cabeza y que está respirando se le debe poner cenizas para que no pueda volver a pegarse y de este modo moriría, entonces colocó las cenizas del fogón en el cuello, luego se escondió en el entretecho de la choza para verla volver. Cerca del alba la cabeza voladora volvió y trató de pegarse al cuerpo y no lo consiguió, lo intentó otra vez y no pudo, luego tomó distancia y velocidad tampoco lo logró, entonces revisó el cuello para ver qué pasaba y vio las cenizas, rápidamente se dio cuenta que alguien las había puesto y comenzó a buscar al culpable por todos los rincones de la cabaña, y al no encontrar a nadie, subió al entretecho de la choza descubriendo al culpable, con su voz de ultratumba le dijo –¡por qué me hiciste eso!, ¡Ahora verás tu castigo! –, rápidamente buscó el hombro del joven y se impregnó en él.

Aterrado y horrorizado José, lamentó haberle hecho eso a su amada, meditando todo el día en la cabaña dijo –Que voy a hacer ahora, nadie me va a querer ver, todos me van a aborrecer, me votarán de cada pueblo al que yo vaya. Mi vida será la de un errante–, tomando un poncho grande se lo puso para cubrir la cabeza de maruja; hasta los animales le tenían miedo; comenzó su camino sin rumbo por muchos días, cuando se le acabaron sus provisiones, José le dijo a la cabeza –Maruja tengo hambre– y la cabeza no hacía caso, finalmente cansado y hambriento se sentó en una roca en la que a su lado había un árbol grande le lúcuma con unos frutos grandes en la copa, de nuevo le rogó –Maruja amada mía por favor tengo hambre y no hay nada que comer, sólo hay esas lúcumas en la copa del árbol, déjame recogerlas, no puedo subir contigo en mi hombro, despréndete por favor y te quedarás sobre mi poncho, a dónde crees que iré, esto es un lugar desolado, dónde crees que escaparía–, la cabeza se desprendió y le permitió subir al árbol, cuando José bajaba del árbol una rama pesada se rompió y cayó abruptamente a la base del árbol, despertando a un venado que se encontraba dormido bajo la roca, la cabeza pensando que se trataba de la huida de José voló inmediatamente hacia el cuello del venado, quien corría a una velocidad descomunal llevándola lo más lejos posible. Al ver todo eso, José bajó rápidamente del árbol y se fue del lugar, agradeciendo a Dios por haberse librado del castigo de la cabeza voladora.

martes, 29 de octubre de 2019


El arriero incrédulo y la cabeza voladora

Por: HUGO BENNY ELGUERA MANSILLA

En lo profundo de la sierra peruana en la década de los años treinta del siglo pasado, vivió Don Benito, quien en su juventud se fue a la capital a prestar servicios en el ejército peruano, luego de ello aprovechó para ingresar a la Guardia Civil del Perú, prestando sus servicios durante más de diez años y habiendo ahorrado una moderada cantidad de dinero, decidió pedir su baja, ya que vio la oportunidad de convertirse en un mercader en su tierra natal Apurímac.

Tomada su decisión se fue de la capital Lima para retornar a su pueblo natal. No sin antes comprar mercadería como telas, vinos, licor y todo tipo de menajería que fuera novedosa para sus paisanos. Llegando a su terruño emprendió su idea, iniciando con la venta de su mercadería para comprar productos de la zona como maíz, trigo, cebada, papa y otros; con su capital restante compró acémilas para trasladar los productos hacia la ciudad del Cusco, de esta manera convirtiéndose en un arriero prestigioso.

Para poder tener un mejor respaldo y apoyo se casó con una joven paisana suya, diez años menor que él, que tenía el nombre de Simeona. A la que conquistó haciéndole un regalo, que consistía en mostrarle varios vestidos y que escogiera el que más le guste, ella escogió uno de color rosado. Entonces, junto a su esposa iniciaron su negocio. Pronto se hizo conocido en muchas poblaciones en el trayecto de Apurímac a Cusco.

Su esposa Doña Simeona que nunca había conocido otra ciudad que no era la suya, era muy ingenua y supersticiosa, contrario a Don Benito que tenía mucha influencia citadina. Ella tenía mucho miedo y respeto hacia los lugares y espíritus maléficos que pudieran existir en su ruta comercial. En cierta ocasión le contó a su esposo que existían las cabezas voladoras, y le explicó que estás cabezas pertenecían a personas que ejercían la brujería, que por su dedicación a cosas malas y haber hecho daño a las personas, todas las noches cuando dormían la cabeza se desprendía del cuerpo, cuál si fuese decapitado, este cuerpo no moría, se quedaba en la cama haciendo unos ronquidos espantosos como si fuesen de un ser satánico, a la que nadie podía acercarse por temor. Estas cabezas volaban hacia las viviendas de las personas que habían dañado haciendo un ruido espantoso ¡lap, lap, lap, lap, …!; como de ultratumba; cuando las personas escuchaban dicho sonido debían esconderse, porque si las veía, estas se pegarían al cuello de las víctimas, convirtiéndolas en seres monstruosos y aborrecibles ante la gente; quién quiere ver o aceptar a un individuo que de la noche a la mañana aparezca con dos cabezas; además, que esta era poseída por ella, también acota al relato diciendo que, si las cabezas no vuelven por la madrugada y les coge la luz del Sol los quema hasta hacerlos cenizas y los cuerpos mueren en sus camas. Don Benito al escuchar el relato le respondió diciendo ¡estos cuentos son puras tonterías!

En cierta ocasión, habiendo pasado unos meses después del relato de su esposa, Don Benito, aprovechando la luna llena decidió seguir con la jornada para poder avanzar. Cuando llegaron a una quebrada, donde el camino tenía la forma de un codo y había cercos de unos cactus conocidos como “espinos reventados”, el caballo guía se detuvo y espantado quería regresar, pero no pudo, porque la recua que le seguía se lo impedía, entonces, Don Benito se acercó hacia el lugar del caballo y vio algo atrapado en los cactus del cerco, tratando de escapar sin éxito, emitiendo sonidos de lamentos. Su incredulidad y curiosidad lo llevó a acercarse mucho más para ver que era aquello que espantó al caballo, dándose con la sorpresa de ver la cabeza de una mujer con sus cabellos enredados en los espinos del cactus, con el rostro rasgado de tanto forcejear. Donde exclamó –¡quién eres! ¡eres de esta vida o de la otra! –, la cabeza le respondió con una voz de ultratumba, –soy de esta vida papá, por ser bruja y haber hecho daño a mucha gente salgo a penar todas las noches, si me ayudas a salir de estas espinas te voy a compensar, mañana por la mañana vas a mi casa para que pueda entregarte productos y dinero, vivo en aquella lomada, es fácil llegar, no te perderás–. Diciendo eso y agradeciendo la cabeza de la mujer se alejó en la dirección que le señaló.

A la mañana siguiente Don Benito se dirigió al lugar indicado por la cabeza, llegando a la entrada del patio de la vivienda exclamó ¡visita!, a la que hace su aparición la mujer de cuerpo entero con el rostro rasguñado por las espinas, lo saluda de una forma sumisa y lo invita a pasar ofreciéndole un banco para sentarse. Don Benito agradecido le dice que anoche se encontraron en el camino y que ella le ofreció una compensación por haberla liberado. A lo que la mujer le agradece y le pide esperarla un momento, en unos minutos vuelve con cuatro sacos ocupados hasta la cuarta parte cada uno donde contenían maíz, habas, trigo y cebada, aparte de ello le dio moldes de queso y dinero. Agradecido y alegre cogió todo y se retiró.

Don Benito desde ese día cuenta su experiencia con la cabeza voladora, a quien nadie le cree, y aprendió a darle mucho crédito a lo que relata su esposa Doña Simeona, teniendo mucho más respeto por ella y, por los lugares y espíritus que habitan en los andes.