martes, 29 de octubre de 2019


El arriero incrédulo y la cabeza voladora

Por: HUGO BENNY ELGUERA MANSILLA

En lo profundo de la sierra peruana en la década de los años treinta del siglo pasado, vivió Don Benito, quien en su juventud se fue a la capital a prestar servicios en el ejército peruano, luego de ello aprovechó para ingresar a la Guardia Civil del Perú, prestando sus servicios durante más de diez años y habiendo ahorrado una moderada cantidad de dinero, decidió pedir su baja, ya que vio la oportunidad de convertirse en un mercader en su tierra natal Apurímac.

Tomada su decisión se fue de la capital Lima para retornar a su pueblo natal. No sin antes comprar mercadería como telas, vinos, licor y todo tipo de menajería que fuera novedosa para sus paisanos. Llegando a su terruño emprendió su idea, iniciando con la venta de su mercadería para comprar productos de la zona como maíz, trigo, cebada, papa y otros; con su capital restante compró acémilas para trasladar los productos hacia la ciudad del Cusco, de esta manera convirtiéndose en un arriero prestigioso.

Para poder tener un mejor respaldo y apoyo se casó con una joven paisana suya, diez años menor que él, que tenía el nombre de Simeona. A la que conquistó haciéndole un regalo, que consistía en mostrarle varios vestidos y que escogiera el que más le guste, ella escogió uno de color rosado. Entonces, junto a su esposa iniciaron su negocio. Pronto se hizo conocido en muchas poblaciones en el trayecto de Apurímac a Cusco.

Su esposa Doña Simeona que nunca había conocido otra ciudad que no era la suya, era muy ingenua y supersticiosa, contrario a Don Benito que tenía mucha influencia citadina. Ella tenía mucho miedo y respeto hacia los lugares y espíritus maléficos que pudieran existir en su ruta comercial. En cierta ocasión le contó a su esposo que existían las cabezas voladoras, y le explicó que estás cabezas pertenecían a personas que ejercían la brujería, que por su dedicación a cosas malas y haber hecho daño a las personas, todas las noches cuando dormían la cabeza se desprendía del cuerpo, cuál si fuese decapitado, este cuerpo no moría, se quedaba en la cama haciendo unos ronquidos espantosos como si fuesen de un ser satánico, a la que nadie podía acercarse por temor. Estas cabezas volaban hacia las viviendas de las personas que habían dañado haciendo un ruido espantoso ¡lap, lap, lap, lap, …!; como de ultratumba; cuando las personas escuchaban dicho sonido debían esconderse, porque si las veía, estas se pegarían al cuello de las víctimas, convirtiéndolas en seres monstruosos y aborrecibles ante la gente; quién quiere ver o aceptar a un individuo que de la noche a la mañana aparezca con dos cabezas; además, que esta era poseída por ella, también acota al relato diciendo que, si las cabezas no vuelven por la madrugada y les coge la luz del Sol los quema hasta hacerlos cenizas y los cuerpos mueren en sus camas. Don Benito al escuchar el relato le respondió diciendo ¡estos cuentos son puras tonterías!

En cierta ocasión, habiendo pasado unos meses después del relato de su esposa, Don Benito, aprovechando la luna llena decidió seguir con la jornada para poder avanzar. Cuando llegaron a una quebrada, donde el camino tenía la forma de un codo y había cercos de unos cactus conocidos como “espinos reventados”, el caballo guía se detuvo y espantado quería regresar, pero no pudo, porque la recua que le seguía se lo impedía, entonces, Don Benito se acercó hacia el lugar del caballo y vio algo atrapado en los cactus del cerco, tratando de escapar sin éxito, emitiendo sonidos de lamentos. Su incredulidad y curiosidad lo llevó a acercarse mucho más para ver que era aquello que espantó al caballo, dándose con la sorpresa de ver la cabeza de una mujer con sus cabellos enredados en los espinos del cactus, con el rostro rasgado de tanto forcejear. Donde exclamó –¡quién eres! ¡eres de esta vida o de la otra! –, la cabeza le respondió con una voz de ultratumba, –soy de esta vida papá, por ser bruja y haber hecho daño a mucha gente salgo a penar todas las noches, si me ayudas a salir de estas espinas te voy a compensar, mañana por la mañana vas a mi casa para que pueda entregarte productos y dinero, vivo en aquella lomada, es fácil llegar, no te perderás–. Diciendo eso y agradeciendo la cabeza de la mujer se alejó en la dirección que le señaló.

A la mañana siguiente Don Benito se dirigió al lugar indicado por la cabeza, llegando a la entrada del patio de la vivienda exclamó ¡visita!, a la que hace su aparición la mujer de cuerpo entero con el rostro rasguñado por las espinas, lo saluda de una forma sumisa y lo invita a pasar ofreciéndole un banco para sentarse. Don Benito agradecido le dice que anoche se encontraron en el camino y que ella le ofreció una compensación por haberla liberado. A lo que la mujer le agradece y le pide esperarla un momento, en unos minutos vuelve con cuatro sacos ocupados hasta la cuarta parte cada uno donde contenían maíz, habas, trigo y cebada, aparte de ello le dio moldes de queso y dinero. Agradecido y alegre cogió todo y se retiró.

Don Benito desde ese día cuenta su experiencia con la cabeza voladora, a quien nadie le cree, y aprendió a darle mucho crédito a lo que relata su esposa Doña Simeona, teniendo mucho más respeto por ella y, por los lugares y espíritus que habitan en los andes.

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