El
arriero incrédulo y la cabeza voladora
Por: HUGO BENNY ELGUERA MANSILLA
En lo profundo de la sierra peruana en la década de los
años treinta del siglo pasado, vivió Don Benito, quien en su juventud se fue a
la capital a prestar servicios en el ejército peruano, luego de ello aprovechó
para ingresar a la Guardia Civil del Perú, prestando sus servicios durante más
de diez años y habiendo ahorrado una moderada cantidad de dinero, decidió pedir
su baja, ya que vio la oportunidad de convertirse en un mercader en su tierra
natal Apurímac.
Tomada su decisión se fue de la capital Lima para
retornar a su pueblo natal. No sin antes comprar mercadería como telas, vinos,
licor y todo tipo de menajería que fuera novedosa para sus paisanos. Llegando a
su terruño emprendió su idea, iniciando con la venta de su mercadería para
comprar productos de la zona como maíz, trigo, cebada, papa y otros; con su
capital restante compró acémilas para trasladar los productos hacia la ciudad
del Cusco, de esta manera convirtiéndose en un arriero prestigioso.
Para poder tener un mejor respaldo y apoyo se casó con
una joven paisana suya, diez años menor que él, que tenía el nombre de Simeona.
A la que conquistó haciéndole un regalo, que consistía en mostrarle varios
vestidos y que escogiera el que más le guste, ella escogió uno de color rosado.
Entonces, junto a su esposa iniciaron su negocio. Pronto se hizo conocido en
muchas poblaciones en el trayecto de Apurímac a Cusco.
Su esposa Doña Simeona que nunca había conocido otra
ciudad que no era la suya, era muy ingenua y supersticiosa, contrario a Don Benito
que tenía mucha influencia citadina. Ella tenía mucho miedo y respeto hacia los
lugares y espíritus maléficos que pudieran existir en su ruta comercial. En
cierta ocasión le contó a su esposo que existían las cabezas voladoras, y le
explicó que estás cabezas pertenecían a personas que ejercían la brujería, que
por su dedicación a cosas malas y haber hecho daño a las personas, todas las
noches cuando dormían la cabeza se desprendía del cuerpo, cuál si fuese
decapitado, este cuerpo no moría, se quedaba en la cama haciendo unos ronquidos
espantosos como si fuesen de un ser satánico, a la que nadie podía acercarse
por temor. Estas cabezas volaban hacia las viviendas de las personas que habían
dañado haciendo un ruido espantoso ¡lap, lap, lap, lap, …!; como de ultratumba;
cuando las personas escuchaban dicho sonido debían esconderse, porque si las
veía, estas se pegarían al cuello de las víctimas, convirtiéndolas en seres
monstruosos y aborrecibles ante la gente; quién quiere ver o aceptar a un
individuo que de la noche a la mañana aparezca con dos cabezas; además, que
esta era poseída por ella, también acota al relato diciendo que, si las cabezas
no vuelven por la madrugada y les coge la luz del Sol los quema hasta hacerlos
cenizas y los cuerpos mueren en sus camas. Don Benito al escuchar el relato le
respondió diciendo ¡estos cuentos son puras tonterías!
En cierta ocasión, habiendo pasado unos meses después del
relato de su esposa, Don Benito, aprovechando la luna llena decidió seguir con
la jornada para poder avanzar. Cuando llegaron a una quebrada, donde el camino
tenía la forma de un codo y había cercos de unos cactus conocidos como “espinos
reventados”, el caballo guía se detuvo y espantado quería regresar, pero no
pudo, porque la recua que le seguía se lo impedía, entonces, Don Benito se
acercó hacia el lugar del caballo y vio algo atrapado en los cactus del cerco,
tratando de escapar sin éxito, emitiendo sonidos de lamentos. Su incredulidad y
curiosidad lo llevó a acercarse mucho más para ver que era aquello que espantó
al caballo, dándose con la sorpresa de ver la cabeza de una mujer con sus
cabellos enredados en los espinos del cactus, con el rostro rasgado de tanto
forcejear. Donde exclamó –¡quién eres! ¡eres de esta vida o de la otra! –, la
cabeza le respondió con una voz de ultratumba, –soy de esta vida papá, por ser
bruja y haber hecho daño a mucha gente salgo a penar todas las noches, si me
ayudas a salir de estas espinas te voy a compensar, mañana por la mañana vas a
mi casa para que pueda entregarte productos y dinero, vivo en aquella lomada,
es fácil llegar, no te perderás–. Diciendo eso y agradeciendo la cabeza de la
mujer se alejó en la dirección que le señaló.
A la mañana siguiente Don Benito se dirigió al lugar
indicado por la cabeza, llegando a la entrada del patio de la vivienda exclamó
¡visita!, a la que hace su aparición la mujer de cuerpo entero con el rostro
rasguñado por las espinas, lo saluda de una forma sumisa y lo invita a pasar
ofreciéndole un banco para sentarse. Don Benito agradecido le dice que anoche
se encontraron en el camino y que ella le ofreció una compensación por haberla
liberado. A lo que la mujer le agradece y le pide esperarla un momento, en unos
minutos vuelve con cuatro sacos ocupados hasta la cuarta parte cada uno donde
contenían maíz, habas, trigo y cebada, aparte de ello le dio moldes de queso y
dinero. Agradecido y alegre cogió todo y se retiró.
Don Benito desde ese día cuenta su experiencia con la
cabeza voladora, a quien nadie le cree, y aprendió a darle mucho crédito a lo
que relata su esposa Doña Simeona, teniendo mucho más respeto por ella y, por
los lugares y espíritus que habitan en los andes.
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